Abrir la(s) esfera(s) pública(s) de los partidos políticos

La necesidad de que los partidos políticos abran espacios de participación con la voluntad de generar una deliberación colectiva sobre sus quehaceres diarios, así como el desarrollo de herramientas que lo permitan son asuntos cardinales, si de lo que se trata es de regenerar estas organizaciones para que recuperen su función de servicio a la  ciudadanía, en cuanto al desarrollo de participación y pluralismo ideológico en la sociedad. Si uno de los parámetros o indicadores de los partidos pudiera ser la participación y en consecuencia, la calidad y cantidad de espacios donde se produzca una deliberación colectiva con capacidad de incidir sobre las decisiones en los asuntos comunes, el seminario Esfera Pública Digital nos aporta varias claves para poder considerar este uno de los asuntos a resolver, a la hora de indagar sobre qué condiciones han de darse para que un partido goce de democracia interna de calidad.

La esfera pública es ese espacio o constelación de espacios–de discurso, institucional o geográfico- donde la gente ejerce su militancia, hablando de partidos políticos,  “accediendo al diálogo sobre las cuestiones que afectan a la comunidad, a la política en su sentido más amplio” (Dahlegreen, 1995) Es un espacio comunicativo dentro del partido que permite la circulación de información, ideas y debates –idealmente en una forma libre- y también la formación de la voluntad política (Dahlgren, 2005) Entendemos, por tanto,  que la esfera pública no es solo  un componente si no el único lugar verdaderamente democrático ya que sitúa a la ciudadanía, en este caso a la militancia,  en el corazón de la democracia y rompe con su actual posición anecdótica: la integra para ser tenida en cuenta.

Planteamos,  por tanto,  que un partido ha de tener una esfera(s) pública(s) cuyo nivel de interacción genere una toma de decisiones que recoja los pareceres e intereses de un mayor número de personas, respetando la diversidad y a las minorías y, así, articule un mayor número de deseos y necesidades del colectivo partidista.  La calidad de esos procesos de deliberación serán fundamentales si de lo que se trata es de marcar la diferencia y dotar de un cariz realmente democrático a estas organizaciones. Para que exista una democracia interna sana dentro de un partido, esos procesos de debate han de ser constantes, fluidos, accesibles y  permeables para que amplíen la capacidad de negociación, de entendimiento y de igualdad de condiciones, a la hora de participar entre sus miembros. Y no sólo eso: mantener las esferas públicas sanas favorecerá la identificación de problemas, necesidades, la búsqueda de soluciones y una mejor ejecución de acciones con el objetivo de mejorar la calidad de los mismos.

No obstante,  esas esferas públicas no nos las dan, hay que crearlas, facilitarlas, exigirlas y, si estas se conforman a base de interacciones e intercambios de puntos de vista, de debates, conversaciones, y en definitiva de diálogo: hablar o callar, decir lo que se piensa o no decirlo será primordial y dependerá de los incentivos que los partidos ofrezcan, así como de la autonomía, empoderamiento y capacidad de gobernanza de los militantes. Es decir, si los  partidos incentivan una participación de calidad fomentando el debate interno habrá más posibilidades de influir en la actividad política y  de generar acciones y prácticas que activen a los militantes y simpatizantes.

El rol del militante

Y es que, la esfera pública es el único lugar donde los intereses públicos se forman y el único lugar que permite la transformación en el espacio, en este caso, de la organización partidista. Por lo tanto, incentivar la participación dentro de las organizaciones sería apostar por el cambio y la regeneración que se pide a los partidos. Ahora bien, no sólo quienes ostentan cargos en las estructuras partidarias o en el aparato del partido  han de facilitar la participación,  la militancia ha de poner de su parte para forzar una participación constante, fluida y con incidencia. Si es en la  esfera pública donde interactúan los actores del partido, hay que fomentar que en la escena donde se desarrolla la acción democrática participen un mayor número de actores. La norma básica para que funcionen estos espacios será entonces  la potencial implicación del militante como espectador y participante de todo aquel campo de interés en los que se vea afectado, directa o indirectamente. Por ello es necesario que los militantes se nieguen a asumir un papel pasivo dentro del partido y  retomen la primera persona para convertirse en actores clave de la política y la democracia de sus organizaciones. Es decir, es necesario que la militancia  pase de ser mera espectadora del teatro partidista a protagonista de la función pública que han de representar y ser así parte del juego.

Por ello, los partidos han de fomentar la creación, tanto de una esfera central sana como de múltiples periferias que choquen y se comuniquen entre sí, a través del desarrollo de una infraestructura que lo permita, unos medios y canales de comunicación que reconozcan la circulación de información de manera libre, que promuevan la alfabetización de sus miembros, el conocimiento mutuo, y una relación entre participantes que tienda a ser de igual a igual. Se trata, al fin y al cabo, de generar  contrapesos ante la tendencia natural de los partidos a cerrarse y a jerarquizarse.

Dar vida a las esferas públicas también  sería un ejercicio de responsabilidad y de voluntad para redistribuir el poder. Distribuyendo o descentralizando el poder de participar en la acción democrática dentro de la esfera pública se otorga un mayor nivel de autogestión, coparticipación, y un intercambio entre actores  que irremediablemente favorece el pluralismo, la diversidad de agenda y una mejor especialización a través de prácticas colaborativas. Y es que, la descentralización refuerza el carácter democrático de una organización y el principio de participación colaborativo. A pesar de que uno de los riesgos que constituye favorecer la participación y la autonomía de los militantes es la pérdida de control sobre la propia organización al convertirla en un ente más orgánico, más vivo. Ese fomento de la autonomía provocaría un mayor aprovechamiento de recursos,  al considerar que la capacidades de cada una de los militantes tales como la iniciativa, la eficacia y no solo los roles o las responsabilidades,  pueden también tener un efecto directo sobre la productividad, el aprovechamiento de la inteligencia colectiva y fomentaría, incluso,  la creatividad. La autonomía favorece la activación del militante le da un sentido de importancia  a cada uno de los participantes, permite un mayor uso de sus conocimientos, experiencias personales y más posibilidades de poner en práctica sus propias ideas, favoreciendo el proceso de expansión y los vínculos con otras organizaciones. Además desarrollar una estructura más descentralizada es una forma de romper con la estabilidad, rigidez, verticalidad, los consensos domesticadores y los debates normalizados que convierten a los actuales partidos en entes estáticos, monolíticos y, en definitiva,  los transformaría en organizaciones porosas capaces de nutrirse de las aportaciones de cada uno de sus miembros.

Por lo tanto, observar las esferas públicas de los partidos nos permitirá acercarnos y  palpar el proceso de participación  dentro de los partidos sobre cómo se ejecuta la acción política para poder medirlo.  Se trata de avanzar en el proceso de regeneración democrática  atreviéndose con más democracia, profundizar en esas relaciones que hoy pueden ser aprovechadas por estas instituciones gravemente afectadas por una crisis de identidad y de valores. Por eso, el TFM en el que estamos trabajando tratará de evaluar o analizar cómo son las esferas públicas de los partidos para poder sacar conclusiones sobre las mismas y poder avanzar en la mejora de los procesos y procedimientos internos dentro del partido.

 

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