Nuevas tecnologías, libertad y autonomía

(Seminario de Sergio d’Antonio)

«El mundo posee ya el sueño de un tiempo del que ha de alcanzar ahora la conciencia, para vivirlo realmente».

(Guy Debord, La sociedad del espectáculo).

Hoy en día utilizamos numerosas herramientas para comunicarnos sin pararnos a reflexionar sobre lo que sus usos pueden o no suponer. Levantarse por la mañana y echar un vistazo a las notificaciones que nos aparecen en el smartphone y que nos remiten a las distintas redes sociales, correos o mensajería instantánea que utilizamos, es un acto cada vez más naturalizado, sobre todo si tenemos en cuenta que muchas personas lo utilizan también como despertador, siendo de esta manera la primera cosa que tocamos y con la que interactuamos al despertarnos. Las cosas que hablamos a través de estos medios son cada día de carácter más cotidiano, y esto afecta no solamente a los temas sobre nuestros intereses sino también sobre nuestro trabajo. Todo esto no tiene porqué suponer ningún problema si somos conscientes de cómo estamos manejando estas herramientas, pero si no somos conscientes de la forma en que operan no seremos nosotros los que tengamos el control sobre lo que hacemos sino que lo que hagamos estará siendo controlado por terceros. No se trata únicamente de espionaje con fines de diverso tipo, se trata también de canales, de códigos establecidos que si no conocemos y no sabemos modificar, nos llevarán por un camino determinado sobre el que no tendremos ningún dominio, limitando de esta manera nuestro empoderamiento.

En el momento en que hablamos de la web 2.0 estamos hablando del paso que se da de páginas web estáticas a plataformas donde se nos ofrecen distintos servicios. A partir de aquí se abre ante nosotros un nuevo horizonte en la comunicación, caracterizado entre otras cosas por la ubicuidad: podemos en cualquier momento localizar aquello que queremos y ser a la vez localizados, y lo podemos hacer a tiempo real. Esto modifica necesariamente el modo en que comprendemos e interactuamos con el mundo y quienes nos rodean, y tiene numerosas consecuencias. No es posible abordarlas todas aquí, sin embargo, sí que quiero prestar atención a la necesidad de que nosotros, los usuarios, tomemos conciencia de estas implicaciones y tomemos también parte en ellas, dejando atrás nuestra naturaleza de «espectadores» definida por Guy Debord en La sociedad del espectáculo1 que parece haber sobrevivido al desarrollo de internet a pesar de las nuevas posibilidades de participación que nos brinda.

Hoy, además de consumidores, somos productos y productores de datos que pueden ser consumidos sin que nosotros tengamos control alguno sobre ellos. No somos dueños de lo que generamos, lo que para Marx suponía el principio de alienación2, y tampoco conocemos cómo, ni por quiénes, ni con qué fines son utilizados estos datos, algo que retrata muy bien el término de «vigilancia líquida» sobre el que Zygmunt Bauman y David Lyon reflexionan partiendo de este distanciamiento, y cada vez mayor automatización de los procesos surgida a raíz de muchos de los desarrollos de las nuevas tecnologías, en su obra Vigilancia líquida. El término «líquido» da cuenta precisamente de esa complejidad para establecer el origen de la vigilancia, no solamente porque hoy podríamos ser observados por drones del tamaño de un insecto o un colibrí sin darnos cuenta, sino también porque en muchos casos somos nosotros los que deseamos y ponemos fin a nuestra privacidad haciéndola pública, viéndose de este modo diluido el foco que da cuenta de los motivos y lugares donde tiene lugar la vigilancia, cada vez más escurridiza3.

Donde quiero poner el acento es en la concienciación. Independientemente de si uno tiene o no algo que esconder, argumento al que muchos recurren para criticar o alabar el uso de determinados canales, lo cierto es que tenemos un deber como personas libres y autónomas. De la misma manera que necesitamos conocer aquello de lo que hablamos a la hora de llevar a cabo una investigación, tenemos que conocer el espacio donde la realizamos y las consecuencias que pueden derivarse de sus usos. Si no tenemos el control sobre estos conocimientos, no podremos analizar correctamente nuestro objeto de investigación, independientemente de si está más o menos relacionado con las plataformas donde lo llevamos a cabo. Como mencionaba al principio, no sólo es la falta de conocimiento sobre el uso que se da por parte de terceros a los datos que generamos lo que debe preocuparnos en este sentido, sino también el código con el que está construido el canal donde los manejamos porque este determinará los usos que nosotros podamos darles. Si el código escapa a nuestro conocimiento, no tendremos libertad para manejarlos, y si lo conocemos pero no lo podemos modificar, tampoco, aunque por lo menos seremos conscientes de nuestras limitaciones y podremos dar cuenta de ellas. Para Lessig, el código tiene una función reguladora, permitiendo o impidiendo (según sea) realizar determinado tipo de acciones. Se ve muy bien en el ejemplo que utiliza sobre la regulación de volar sobre una propiedad privada en Second Life frente al espacio físico:

«Fijémonos, no obstante, en la importante diferencia existente entre una y otra regulación. En el espacio real la ley establece penas por violar la regla de “alto/bajo”; en Second Life, simplemente no se puede violar la regla de los 15 metros. La regla forma parte del código y éste controla cómo somos en Second Life. No tenemos la opción de desobedecer la regla, al igual que no la tenemos de desobedecer la ley de la gravedad.»4

En este caso, el código se convierte en ley impidiendo una determinada acción. Esto ocurre también cuando utilizamos un determinado programa, por ejemplo, para analizar datos: tendremos unas opciones finitas que, de no conocerlas, determinarán nuestros resultados sin que nosotros seamos conscientes de que obtendremos unas conclusiones sesgadas; y en caso de no ser modificable, restringirá nuestras posibilidades, limitando nuestra autonomía y libertad sobre la obra. Aquí radica gran parte de la importancia del software libre que garantiza la libertad de usar el programa, estudiarlo y modificarlo para adaptarlo a las diferentes necesidades, copiarlo y distribuirlo, y mejorarlo haciendo públicas estas mejoras para que sirvan a todo el mundo y pueda de este modo beneficiarse toda la comunidad. Sin acceso al código fuente, estas posibilidades se ven limitadas.

Julian Assange se dio cuenta, como muchos otros, de que la opacidad de los gobiernos y las instituciones, del mismo modo que la falta de privacidad de los individuos, imposibilita nuestro desarrollo como seres libres y autónomos. Assange entiende que la transparencia, aplicada a los poderosos, genera una sociedad mejor para todo el mundo reduciendo la corrupción y fortaleciendo las instituciones democráticas, incluyendo los gobiernos, las empresas y otras organizaciones, y un periodismo saludable, dinámico e inquisitivo juega un rol principal en la consecución de estos objetivos5. Con WikiLeaks lo que hace es publicar de forma abierta esa información a la que no tenemos acceso. En muchos casos es una información que ya se conocía o se sospechaba, pero establecer su libre acceso nos permite, por una parte, vigilar las acciones de quienes nos gobiernan para, por otra parte, dejar de ser gobernados y recuperar el control de nuestra autonomía. Assange propone un nuevo modelo de periodismo donde las cosas no nos vienen contadas sino que las contamos entre todos, partiendo de unas bases de datos en bruto de libre acceso. Es lo que tenemos con Cablegate. En la web de WikiLeaks también podemos acceder a las diversas filtraciones, aunque junto a ellas nos aparezca también su publicación en prensa donde aparece modelada. Esto no significa que WikiLeaks carezca de carga ideológica, es bastante manifiesta: con el documental o vídeo editado sobre la guerra de Irak Collateral Murder acabó de quedar fijada su posición de cara al público. Sin embargo, junto a las ediciones, nos ofrecen el material en bruto que, desgraciadamente, padece de una total invisibilización en los canales oficiales, y en muchos casos también en los independientes. Estamos inmersos en una lógica de la que no va a ser fácil salir, pero es necesario que tomemos conciencia de este problema si queremos ser dueños de nosotros mismos y el mundo en el que nos movemos.

1DEBORD, G (2010). La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, p. 160, §195.

2MARX, K (1989). Manuscritos de economía y filosofía, Madrid, Alianza Editorial, p. 109.

3BAUMAN, Z; LYON, D (2013), Vigilancia líquida, Barcelona, Paidós, pp. 27 – 59.

4LESSIG, L (2009). El Código 2.0, Madrid, Traficantes de Sueños, p. 186.

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