Una cuestión de datos

(Seminario de Sergio d’Antonio)

Julian Assange defiende en su último libro Cypherpunks la idea de que al igual que la sociedad aprendió a lavarse las manos porque era una forma de protegerse de las bacterias, hoy la encriptación es la única medida que tendrá la ciudadanía para proteger sus derechos. Assange también apunta que si bien Facebook y Twitter fueron usados durante las revueltas de la primavera árabe en 2008, dejaron de usarse en las últimas revueltas de El Cairo y Tahrir porque fue, según él, una forma de hacerle el trabajo a la CIA. Su postura es clara: privacidad para los individuos, transparencia para el poder[1].

En una posición a priori opuesta a este pensamiento, Evgeny Morozov[2], profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation, plantea en uno de sus artículos que el dominio de Google y Facebook está garantizado por el caudal de datos que controlan y que por lo tanto un motor de búsqueda más innovador o una red social más respetuosa con la privacidad del usuario no podrían competir con ellos. Ante esta situación, explica Morozov, una alternativa sería manejar el “gráfico social” como una especie de institución pública, con reguladores estatales que aseguren que todas las compañías tienen igual acceso a esa información crucial.

Es un planteamiento radical y parte de la base de que en realidad esa información ya es de dominio público pero que sólo algunos están sacando partido de ella. Las políticas de reutilización de la información pública al fin y al cabo hacen lo mismo, todos los datos que tienen en su poder las instituciones públicas y que han ido recabando de todos nosotros (dónde vivimos, qué edad tenemos, a qué colegios vamos, a qué hospitales vamos, qué enfermedades tenemos…) son puestos a disposición de todo el mundo en formato reutilizables y de forma gratuita. Antes sólo algunas empresas podían acceder a estos datos pagando por ellos, hoy se considera que abrirlos de forma anonimizada tiene un gran valor económico y social, de ahí que se haya institucionalizado y legislado y se esté avanzando a favor de una apertura cada más amplia. Esos datos son de todos y por lo tanto su uso debe ser abierto.

La mejor idea para tus datos siempre la tiene otro, esta es una expresión muy utilizada en el movimiento Open Data y sin tomarla al pie de la letra se puede al menos entender que unos mismos datos pueden resultar en infinidad de ideas distintas; en el caso de Facebook o Google, Morozov entiende que teniendo los mismos datos que tienen ellos de nosotros podrían existir nuevas formas de relacionarnos en la web que quizás pudieran ser menos invasivas para nuestra intimidad.

Esta afirmación es sin duda polémica y peligrosa pero es importante situarla en el punto de vista del que parte, no se trata de avanzar hacia la transparencia de lo privado, se trata de que nuestros datos, que ya son de dominio público, puedan ser utilizados de la misma forma por todos. El precio a pagar por esta idea es la institucionalización de que nuestra vida más íntima se convierte en algo público, para muchos un impacto dramático sobre la propia definición de la intimidad de las personas.

Para calmar a los preocupados recordamos dos visiones distintas que expone Lawrence Lessig, fundador del Centro para Internet y la Sociedad de la universidad de Stanford y de la iniciativa Creative Commons, en su estudio de la privacidad en el Código 2.0, la primera es la que defendía el juez Richard Posner “«la recopilación y el tratamiento mecánicos de información no pueden, como tales, invadir la privacidad». ¿Por qué? Porque el tratamiento de la información lo lleva a cabo una máquina. Y las máquinas no cotillean, ni se inmiscuyen en la aventura que alguien tiene con su colega de trabajo, ni tampoco le castigan por sus opiniones políticas. Se trata simplemente de máquinas lógicas que actúan en función de una serie de condiciones. Es más, como sostiene Richard Posner, «su criba inicial, lejos de invadir la privacidad (un ordenador no es un ser sensible), mantiene la mayoría de la información privada a salvo de ser leída por cualquier oficial de espionaje». Es mucho mejor que sean máquinas las que lean nuestro correo electrónico, sugiere Posner, tanto por el aumento de seguridad que ello conlleva como porque el fisgón alternativo —un oficial de espionaje— sería mucho más indiscreto” (Lessig, 2008:339-340). La segunda es la idea de David Brin que también expone Lessig y que considera que la preocupación por la privacidad no tiene sentido, “al menos si la privacidad se define como la necesidad de bloquear la producción y distribución de información sobre otras personas; y lo hace porque está convencido de que tal objetivo es imposible: el genio ya está fuera de la botella”. Lo que plantea Brin según explica Lessig es que la clave es que la capacidad para analizar y compilar datos esté al alcance de todos (Lessig, 2008: 351-352).

Morozov y Brin entienden que hay que optar por asumir que nuestra información ya es pública y quizás no van muy desencaminados. Cada vez son más las empresas que se gastan dinero en analizar y comprar datos de los clientes para ofrecer mejores servicios y conocer mejor al cliente, se trata de analizar todos los datos que las personas van dejando en  Internet. Morozov explica en otro artículo varios ejemplos paradigmáticos, como las nuevas empresas crediticias que deciden si conceder o no un préstamo analizando todos los datos que existan en la red.

Kreditech, una compañía alemana que trata de ofrecer la “calificación crediticia como servicio”, observa 8.000 indicadores: como datos de localización GPS (microgeográficos), gráfico social (gustos, amigos, colocación, puesto), análisis de comportamiento (movimiento y duración en la página web), hábitos de compra por comercio electrónico de la gente…); otro ejemplo es ZestFinance que examina 70.000 indicadores, los resultados son comparados en milésimas de segundo y se genera un perfil de riesgo del solicitante[3].

Al igual que hacíamos una analogía con el Open Data, es importante puntualizar que también de la liberación de esta información podríamos beneficiarnos los ciudadanos. Hay un nuevo movimiento, el small data[4] que defiende la importancia de las pequeñas bases de datos frente al big data, son las primeras las que realmente pueden resultar útiles para cada individuo. Cualquier empresa que gestione cualquier servicio por el que pagamos (bancos, teléfono, internet, agua, luz…) tiene a su disposición una gran cantidad de datos sobre nuestra forma de consumir que evidentemente usan para estudiar los servicios que prestan y, hacer un marketing más personalizado para cada tipo de consumidor. Sería justo reclamar a estas empresas que permitan, al menos a cada cliente, acceder a sus datos de consumo en los mismos formatos que manejan ellos para que sea el propio consumidor el que pueda analizar sus pautas de consumo y tomar decisiones mejor fundadas sobre las mismas.

También los estados cuentan con perfiles de los ciudadanos que van más allá de lo que concierne a la gestión de lo público. Tal y como señalaban las últimas filtraciones de Snowden, estos usan técnicas de vigilancia que invaden el secreto de nuestras comunicaciones. Además, como apuntan Morozov y Assange, exigen a empresas como Google que les entreguen los datos que tienen de nosotros. Lessig analiza este problema como una pérdida de control sobre nuestros datos potenciado por el uso de internet porque la tecnología posibilita un control de la conducta permanente y barato (Lessig, 2008: 325).

Las soluciones que se plantean son igual de variadas que las posturas, por un lado la que defendía en su artículo Morozov que consistía en la publicación de los datos que forman la gráfica social y su control por otra agencia pública debidamente supervisada que velaría por su debida protección; defiende que de esta forma se conseguiría una mayor defensa de la intimidad de las personas.

Lessig defiende otra postura muy distinta afirmando que se podrían hacer modificaciones tanto legales como tecnológicas que podrían producir un entorno digital mucho más privado y seguro. “El hecho de que las llevemos a cabo o no”, apunta, “dependerá de que reconozcamos tanto la dinámica de regulación en el ciberespacio como la importancia del principio de privacidad.” (Lessig, 2008: 326).


[1] En esta entrevista publicada por La Vanguardia el 5 de mayo de 2013 se puede leer el posicionamiento de Assange sobre los temas mencionados: http://www.lavanguardia.com/cultura/20130505/54373184493/assange-telefono-movil-aparato-vigilancia.html

[2] Evgeny Morozov, Regular la batalla por la información, publicado el 30 de septiembre de 2013 en El País, disponible en: http://elpais.com/elpais/2013/09/10/opinion/1378809537_719906.html

[3] Eugeny Morozov, “Mi préstamo para ti, tus datos para mí”, publicado el 23 de febrero de 2013 en El País, disponible en http://elpais.com/elpais/2013/01/31/opinion/1359627701_470850.html

[4] Para saber más sobre el small data es interesante leer Forget Big Data, Small Data is the Real Revolution publicado en el blog de la Open Knowledge Foundation el 22 de abril de 2013, disponible en http://blog.okfn.org/2013/04/22/forget-big-data-small-data-is-the-real-revolution/

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