Comunidades en red: ciencia, tecnología y sociedad

“Las estructuras sociales se pueden derivar de una inevitable e imprevisible respuesta social a las propiedades de las cosas mismas, y también, ser el resultado de una elección hecha e impuesta por una clase dominante o alguna otra institución social o cultural para sus propios propósitos.”1

La tecnología ha servido desde el principio para imponer un orden. El reloj resuelve situaciones en las que tenemos que respetar cierta periodicidad o conocer el paso exacto del tiempo (por ejemplo el momento de las oraciones dentro de los monasterios) pero el reloj no solamente ordena el tiempo. Los dispositivos tecnológicos como el reloj implican un orden en la actividad y la vida del hombre. Todas las ciudades de la India son prueba de ello: lo primero que hacían los ingleses en las nuevas colonias era colocar un reloj. Era el símbolo del funcionamiento de su sociedad y la imposición de su orden.

Cada nueva tecnología exige una elección. Debemos elegir la forma en la que la nueva técnica actuará sobre la sociedad. “Consciente o inconscientemente, deliberadamente o no, las sociedades eligen estructuras compatibles con la tecnología, lo que determina cómo la gente va al trabajo, cómo se comunica, viaja, consume, etc.”2

Hay tecnología y sistemas técnicos que dejan más margen para elegir cuales serán sus efectos, es el caso del urbanismo, decidir la forma que tendrá el entorno material en el que se desarrollará la vida de la gente es decidir dónde y en qué modo la gente tendrá posibilidad de interactuar entre si. El urbanismo es una forma de imponer un orden que condiciona directamente la vida de los que habitan la ciudad. Se ha argumentado que Robert Moses decidió rebajar deliberadamente la altura de los puentes sobre las carreteras de acceso a Long Island con la intención de limitar el acceso de las minorías raciales, ya que mayoritariamente no tenían un coche en propiedad y utilizaban el autobús para desplazarse. El control sobre quién tiene acceso a qué partes de la ciudad sería claramente un ejemplo de ejercicio de poder mediante la tecnología, y el plan de Moses, un ejemplo de cómo una idea de orden social queda fijada en el entorno material. A mucha mayor escala, Moses fue uno de los impulsores de la planificación de los crecimientos de las ciudades en horizontal, lo que hoy llamamos sprawl. El sprawl es una forma muy ineficiente de ocupar el territorio en términos energéticos, supone una apuesta por los desplazamientos en coche y, sobre todo, implica una mucho menor posibilidad de interacción entre sus habitantes que en la ciudad compacta clásica. Como ya advirtió Jane Jacobs, apostar por el sprawl como el modelo de crecimiento de las ciudades es una apuesta por todo un modelo de sociedad.

En Madrid tenemos una innovación urbanística de características similares al sprawl, los programas de acción urbanística (PAUs), asentamientos de muy baja densidad de población y aislados del resto de la ciudad por infranqueables redes viarias. Los PAUs también se caracterizan por una muy baja posibilidad de interacción por lo que son áreas cuya producción social de ciudad es estéril.

Hay sistemas tecnológicos y aparatos que requieren invariablemente de formas específicas de organizar por lo que también hay tecnología cuya influencia es inevitablemente centralizadora o descentralizadora, igualitaria o no igualitaria, represiva o liberalizadora. En ejemplos de Winner: la fabricación y uso de una bomba atómica requiere de un poder centralizado. La tecnología solar que permite el autoabastecimiento energético sería democratizadora.

Por otra parte, la influencia también se da en sentido contrario: la tecnología crea una forma de sociedad, pero la técnica también es lo que la sociedad hace posible: La construcción y el funcionamiento de muchos logros técnicos necesitan de la existencia previa de una forma social y organizativa particular, como por ejemplo construir las pirámides de Egipto. Proponerse como objetivo alcanzar algún logro técnico significa apostar por el orden social que es su condición de posibilidad. Quizá Kennedy pensaba en el tipo de orden social que quería cuando anunció casi diez años antes que la sociedad americana pondría un hombre en la luna. Efectivamente no son los aviones los que vuelan, vuelan los aparatos, pero también las compañías aéreas que los financian, las escuelas que forman a los pilotos… Todos estos elementos comparten su papel de agentes en una red tecnosocial.

Otra de las formas en que la tecnología condiciona la sociedad se debe a su propiedad incapacitante. Lo hemos visto con las revueltas luditas en la Inglaterra de principios del XIX: durante la revolución industrial, ciertas habilidades en la manufactura se convertían en perfectamente inútiles o intercambiables al introducir máquinas en el proceso de fabricación. El trabajador se vuelve intercambiable cuando su trabajo está mediado por máquinas. El valor del trabajo y la relación del trabajador con lo que produce cambió completamente. Al destruir las máquinas, los luditas reivindicaban el puesto de trabajo que la tecnología les había arrebatado, pero también una forma no alienada de trabajo. En el caso de la revolución industrial en Europa el cambio tecnológico implicó un cambio social radical.

Empezando por los relojes, hasta llegar a las máquinas encargadas de hacer inversiones en Wall Street, la progresión ha ido desde las máquinas para ordenar la vida y la producción, hasta un sistema tecno-productivo prácticamente autónomo que controla la vida y que es ajeno al hombre.

Debemos intentar mantener el control sobre el desarrollo tecnológico, hacer de ello algo problemático y poder ponerlo en cuestión para que la tecnología actúe en la sociedad de un modo consciente, porque lo que está en juego es la capacidad de decidir el modo en que la gente interactúa entre si.

La tecnología se vuelve ideología cuando asimilamos el concepto de desarrollo tecnológico al de progreso. De toda la nueva tecnología se dice que es liberadora y democratizadora, pero el desarrollo tecnológico sin más no implica ninguna liberación ni ninguna solución.

Un ejemplo de desarrollo tecnológico contraproducente ocurre en África, tener la tecnología y la capacidad organizativa para transportar alimentos a gran escala no solamente no está sirviendo para paliar sus problemas de alimentación sino que está haciendo que la gente que antes vivía de la pesca en el lago Victoria muera de hambre debido a la exportación de sus recursos pesqueros tradicionales (sobre todo la perca del Nilo) por parte de las grandes corporaciones de la alimentación (3)

El hombre también ha caído dentro del ámbito de lo tecnologizable. Se ha instalado el error categorial de pensar que al reducir sus necesidades a algo cuantificado y administrable podremos resolver sus problemas.

Las aplicaciones técnicas con las que convivimos cada vez son más rígidas: cada vez son menos las estructuras y formas de organización social apropiadas para nuestro sistema técnico. Nuestro sistema de producción no es compatible con otros modelos de sociedad, se dirige a mejorar la fabricación y circulación de bienes de consumo, por lo que nuestra sociedad difícilmente puede ser una sociedad que no esté ordenada y jerarquizada según la capacidad para consumir. El rango de lo que es consumible cada vez se amplía más. No solamente consumimos bienes y servicios sino que también hemos convertido la educación o nuestro tiempo libre en un producto de consumo.

1 y 2 Langdon Winner. Do artifacts have politics?.

3 Darwin’s Nightmare (2004, documental), Dir. Hubert Sauper.

Alonso, Andoni y Arzoz, Iñaki. Carta al Homo Ciberneticus

Jane Jacobs. Muerte y vida de las grandes ciudades.

David Harvey. Ciudades Rebeldes.

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